Registrado para siempre

Mientras desayunaba hoy, como surgido de la nada (realmente nada surge de la nada), brotaron de mi mente recuerdos sobre mi primer contacto con varias innovaciones tecnológicas a lo largo de mi vida, y en especial, durante mi infancia. Pensé que una manera de ejercitar mi sexagenario cerebro es convertir algunos de los vagos y sesgados recuerdos en textos con mejor memoria que yo. He decidido redactarlos, uno por uno, en escritos breves como el que tus ojos recorren ahora.

Compartir contigo esas memorias del pasado es invitarte a recordar también tus momentos en los que, la entonces existente capacidad de asombroso, se arrinconaba en alguna parte de nuestra alma para brotar espontánea frente a situaciones en las que alguna nueva realidad nos sorprendía. Hoy te comparto uno de esos recuerdos.

El sol tenía poco más de una hora de jugar a las escondidas. Mi hermano, mis hermanas y yo estábamos en la mesa cenando algo que mi abuela había preparado. Seguramente era algo disfrutable. Así cocinaba ella. Como cada día, el alimento nocturno incluía tortillas de harina de trigo creadas e infladas al comal por sus mágicas y arrugadas manos. Mi padre, recién llegado a casa, entró directo a la cocina, dijo algunas palabras de saludo y se sentó junto a nosotros. Traía algo en la mano que puso sobre la redonda mesa de melamina color madera clara. Tanto mi madre, como la de ella, quien portaba un delantal, ligeramente espolvoreado de harina, atado a su cintura, deambulaban entre la estufa, el refrigerador, el lavaplatos y la mesa, trayendo o recogiendo alimentos, utensilios de cocina, y a veces nada, pero no estaban sentadas.

Mi papá mostraba una extraña expresión de felicidad que consideré poco común en él. Se sentó y colocó sobre la mesa un aparato rectangular negro, con teclas gordas y con una tapa medio transparente en la parte superior. Lo que más me sorprendió no fue esa máquina con la forma de una pequeña caja para zapatos nuevos. Me impresionó que ese hombre, que por lo general llegaba a casa ya que el cielo presumía sus estrellas, empezó a platicar con nosotros de una manera inusual; como con una cercanía distinta, más personal que lo que acostumbraba. Nos hacía preguntas a todos e incluso hizo bromas que nos hicieron reír.

Después de unos cuantos minutos de platicar, ya que me estaba acostumbrando a esa agradable actitud, guardó silencio y nos pidió de manera amable, hasta podría decir que entusiasta, que hiciéramos lo mismo. Aplastó una de las teclas gordas del aparato. Un leve chillido rasposo se escuchó y continuó por varios segundos.

  • ¿Qué es eso papá?
  • Esperen, ahora lo verán.
  • Sí viejo, ¿qué es eso? No había visto que lo traías. ¿Qué es?
  • Esperen…

El ruido se detuvo. Mi padre hundió otra tecla. Después del “tack” con el que se quejó el botón, oprimió otro.

  • ¿Y eso qué papá? 
  • Ya va a empezar, esperen. Escuchen.

Todos, hasta mi abuela que fingía un poco de desinterés (la cena era para ella prioridad uno), estábamos expectantes. Pensé, ¿qué es esto que hace que mi papá esté de tan buen humor? De pronto, de la pequeña caja de zapatos plástica color negro, surgieron voces conocidas. Escuché a ese aparato hablar igual que mi padre cuando recién se había sentado a la mesa; oímos la respuesta de mi mamá a su saludo, aunque ella se oía como a la distancia. Miré a mis hermanos y les vi la misma cara de asombro que seguramente también tenía yo. De pronto las voces de nosotros y nuestras risas también salieron de la bocina del aparato.

Era impresionante que esa caja imitaba todo en el orden en que lo habíamos expresado. Lo hacía mejor que un perico porque decía exactamente lo que nosotros habíamos hablado. ¡Eran nuestras voces! Me escuché repetir lo que había dicho antes, aunque mi voz no sonaba como yo. Aunque mis hermanos sí la reconocían. A mí me parecía una voz diferente a la mía, pero ellos decían que era idéntica a mi voz. Pensé que se oía más fea.

  • ¿Cómo hiciste eso Papá?
  • ¿Qué aparato es éste?, ¿cómo recuerda lo que dijimos?
  • ¿Quién te lo dio?, ¿te lo prestaron?, ¿lo compraste?
  • ¿Es de nosotros?
  • ¿Podemos decir otras cosas y que las repita?
  • Es una grabadora hijos. Ven Yola, vamos a grabar tu voz otra vez.

Mi mamá se acercó dudando si quería hacerlo. Al oír su voz se sonrojaba un poco. Parecía sentir pena al escucharse. Sin embargo, era evidente que estaba tan sorprendida como nosotros.

  • Adelita, venga también usted. Vamos a grabar la voz de todos y dentro de muchos años vamos a poder oír lo que hablemos ahora.

Mi abuela, mostrando más obediencia que interés, se acercó.

  • Tiene un aparatito con una cinta que si la metes aquí graba cualquier sonido. En ese momento apretó otra de las teclas, se levantó en diagonal la tapa medio trasparente y sacó el objeto que mencionaba. Esto se llama casete, y allí es donde queda grabado todo lo que digamos. Podemos grabar aquí hasta media hora, pero si volteas el casete, tienes espacio para grabar otra media hora.

Esa noche, ese aparato increíble generó una convivencia fuera de lo común. Los cuatro hijos, mis padres y mi abuela, hablamos sin parar. Bueno, mi abuela casi no habló, pero sus excusas para no hablar también quedaron grabadas. Nos reímos, dijimos tonterías, payasadas, cantamos. Sin duda el prolongar la estancia en la mesa provocó que comiéramos más tortillas de harina de lo normal, pero era necesario. Esa no fue una noche normal.

No sé qué fue de esa cinta. Me encantaría encontrarla y escucharla de nuevo. Seguramente eso no pasará. En realidad no importa tanto, pues la grabadora de mi cerebro recuerda esa noche y seguramente la tiene registrada de una manera aún más bella que como fue, pues el asombro que despertó en mi familia, y en mí, esa grabadora portátil, plasmó para siempre, espero, ese maravilloso momento.

Perdón, pero no pude apaciguar mi parte didáctica. ¿Qué eventos memorables estamos legando a nuestra familia? ¿Qué innovación o actividad podemos utilizar como pretexto para unir alrededor de la mesa o la sala a nuestros seres queridos y generar memorias imborrables? ¿Qué deseas hacer esta semana para que sea así?

Compártelo

Deja un comentario

Suscríbete al boletín de Rafael Ayala y entérate de próximos eventos y promociones.

Carrito de compra
Scroll al inicio